Tintablanca
Placer lector
La Baeza que Antonio Machado no amó
La Baeza que Antonio Machado no amó - Tintablanca
Ilustración obra de Daniel Parra de la plaza de Santa María de Baeza, incluida en la Tintablanca de Las Ciudades de Machado.
Manuel Mateo Pérez | 8 feb 2023

De todos los destinos que don Antonio Machado hubiera deseado tras su decisión de abandonar Soria tras la muerte de su esposa Leonor Izquierdo es probable que Baeza figurara entre los últimos. Enterrada la esposa hacía apenas tres meses, el poeta debió de marchar a una Andalucía que no acaba de serlo. Hoy es siempre es todavía, debió de pensar. Porque aquel destino de nombre, recuerdo y memoria antigua acabaría siete años después haciendo del maestro un hombre del todo distinto.


Esto fue lo que sucedió entonces. Don Antonio, en aquel vagón de tercera, bajó La Mancha, cruzó Despeñaperros y se apeó en la estación Baeza Empalme, hoy conocida como Linares-Baeza, donde Andalucía se parte en dos. Un tranvía eléctrico lo sube por el abierto valle del Guadalimar hasta las planicies de La Yedra y de allí a la vieja ciudad encaramada sobre una loma en el centro geográfico exacto de la provincia de Jaén.

Recién llegado, después del duro viaje, el poeta se instala en una habitación del hotel Comercio y tras deshacer su eximio equipaje visita el Instituto de la Santísima Trinidad. En él pregunta a una sirvienta por el director y esta le contestó:

—En la Agonía, señor. El director está en la Agonía.

El poeta, turbado por la noticia, apenas atina a decir:

—¡Cuánto lo siento! Me temo que he llegado en un mal momento...

La sirvienta, al comprender el equívoco, replica con una escondida sonrisa:

—Quiero decir que el director está en el café de la Agonía. De tertulia, como cada tarde.

Esta anécdota podría sumarse a alguno de los contados versos de aliento burlón que, al modo de Don Guido, el maestro escribió en vida si no fuera porque anida en ella esa suerte de fatalidad que acompañó siempre al poeta. Se diría que una broma así solo estaba destinada a una personalidad como la suya. Y es probable que él lo encajara con esa determinación a la fatalidad que siempre cargó sobre sus hombros.

A finales de octubre de 1912 el poeta sufre el dolor de la herida abierta. Vivía en él ese estado del duelo donde todo es nebuloso, equívoco, confuso, donde el padecimiento no acaba de asentarse, donde el corazón hecho añicos está aún muy lejos de mostrar el más leve síntoma de cicatrización. Leonor había fallecido la noche del 1 de agosto, hacía tres meses, una estación, mitad de un verano y mitad de un otoño, donde el poeta urdió quitarse la vida. Solo el miedo a dejar una vez más viuda a su madre doña Ana y el inesperado éxito que tuvo el libro Campos de Castilla, que su esposa no llegó a ver impreso, lo persuadieron a cargar con su propia vida que ahora habría de encarar quinientos cincuenta kilómetros al sur de Soria, allí donde la Andalucía donde él había nacido es aún un presagio, un anhelo o una promesa.


Su hermano Manuel había intentado semanas antes conseguirle un puesto cerca de Madrid. Pide ayuda en una carta a don Francisco Giner de los Ríos, pero el maestro, ético e insobornable, le contesta con un lacónico: “Ni puedo ni debo”. El poeta opta entonces a una vacante de Lengua Francesa en el instituto de Baeza que le es concedida el 15 de octubre. Machado escribe a su familia y a sus amistades anunciando su marcha al sur. En su maleta carga con dos trajes oscuros, el libro recién impreso y un estrenado ayer, pesado y sufriente, cuyo luto lucirá durante largos años.

Baeza en 1912 tenía un censo de algo más de quince mil habitantes, el doble de población que Soria. Su demografía apenas cambió en el pasado siglo (en la actualidad, tiene quince mil novecientos vecinos). Hace ciento once años Baeza era una ciudad silenciosa y ausente, que había olvidado, o peor aún, que había dejado de reconocer su pasado que con solo arañar en los legajos de la desmemoria nos evoca los alientos del mejor renacimiento andaluz y la existencia de una universidad que alimentó el alma y el conocimiento de algunas de las mejores cabezas de los siglos XVI y XVII. La universidad que había creado Juan de Ávila como primer rector y por donde anduvieron los místicos Juan de la Cruz y Teresa de Jesús, acabó por cerrar sus puertas en 1824. Aquel viejo edificio hecho de una iglesia consagrada a Juan el Bautista y un claustro alrededor del cual se disponían las aulas y el paraninfo se convirtió a partir de 1875 en el instituto de la Santísima Trinidad donde Machado asumió su cargo de catedrático de Gramática Francesa.


Aquel emporio del conocimiento abre sus puertas a uno de los lados del palacio de Jabalquinto, cuya fachada gótica resume los más bellos estilemas del siglo XV. Enfrente se halla la iglesia de la Santa Cruz, el único templo tardorrománico en Andalucía, mandado construir muy poco tiempo después de que Fernando III asaltara las puertas de la ciudad en noviembre de 1227. La calle empedrada que sube hasta la plaza de Santa María deja a un lado el seminario de San Felipe Neri, decorado con vítores por los alumnos que residieron en él. La plaza tiene una leve inclinación que exalta y teatraliza la fábrica catedralicia cuyo campanario es como un faro varado en mitad de Jaén, un punto de referencia, un vigía permanente desde donde situarnos en caso de perdernos por mitad de este mar de olivos.

Este paisaje ocre, cenital, de parda piedra caliza, acompañó durante siete largos años los paseos de don Antonio que acostumbraba, terminado de comer, a caminar hasta las afueras de la ciudad, allí donde Baeza se asoma al valle del Guadalquivir. El itinerario era siempre el mismo. El maestro, que tras una breve estancia en el hotel Comercio decidió alquilar casa en la calle Gaspar Becerra con Cardenal Benavides, bajaba pasadas las cuatro de la tarde hasta la plaza del Pópulo y por algunas de las callejas próximas al arco de Villalar y la puerta de Jaén subía hasta Santa María para luego perderse por ese dédalo de calles estrechas, que es como un viaje en el tiempo, antes de salir hasta el paseo que acabaría por lucir su nombre. Una vez allí yo quiero imaginar que el poeta, apoyado en su bastón, de riguroso abrigo oscuro y sombrero de ala, con un consumido cigarrillo entre los dedos, paseaba su vista frente al valle mientras caminaba paseo arriba hasta acabar sentado no muy lejos de donde hoy está la cabeza en bronce que en 1966 el escultor Pablo Serrano fundió en su homenaje.


Permítanme abundar en aquello que el poeta contemplaba desde ese lugar. Aquel paseo de Baeza, abierto en los bordes desde donde la ciudad cae hasta las riberas de un río que no se ve, oculto entre cerros femeninos y retículas de olivar, es uno de los más bellos miradores de Andalucía y de España. No hay un mar que nos espere frente a nosotros, a no ser la trama de olivos que se pliega cuando los cerros se superponen entre sí, como olas en esa lámina de agua inexistente. Uno quiere imaginar a don Antonio recorriendo su mirada desde el oeste, allí donde el valle acaba abriéndose, hasta el este, donde la vista tropieza con las montañas de Cazorla. En ese mirador abierto, en esos ciento ochenta grados perfectos, la vista se solaza con Jaén a lo lejos, el pueblo tendido de Mancha Real, Jimena arremolinada como un algodón blanco y Jódar oculta entre dos montañas severas que parecen querer aprisionarla. Frente al paseante, con solo buscar el sur perfecto, los ojos tropiezan con Sierra Mágina que como la Comala de Rulfo es una suerte de país distante, un misterio, un interrogante geográfico al que el poeta dedicó encendidos adjetivos y que es color violeta cuando la tarde cae y el cielo traza con precisa caligrafía sus cumbres más altas. Ando convencido de que aquellas primeras tardes el poeta buscó equivalencias entre este valle abierto y el valle cerrado que desde el Espino el Duero traza con San Polo y San Saturio a sus pies.

En cambio, Baeza no es, ni ha sido nunca, como con obstinada insistencia escribió Machado un “pueblo moruno”. Eso que desde mediados del pasado siglo los historiadores han llamado orientalismo está ausente de la ciudad jiennense, más adscrita a las ciudades del norte que a la Andalucía tautológica que alfombra con su cal y su geranio los pueblos de un Guadalquivir adulto. Camilo José Cela, que en Primer viaje andaluz anduvo por Baeza a la búsqueda de las sombras de Machado, escribió páginas después de irse de allí que “el grácil tacto luminoso y albo y mágico aroma de Andalucía” comienza en Martos. Pero esa ciudad queda al suroeste de aquí y Machado lo sabía.


Frente a esta geografía viva, frente al deslumbrante patrimonio heredado del Renacimiento, Baeza dormía en 1912 un sueño pesado y fatigoso que don Antonio criticó desde sus primeras cartas. Son conocidas las líneas que siete meses después de llegar escribe a don Miguel de Unamuno. La misiva tiene fecha de finales de mayo de 1913 y en ella Machado confiesa: “Esta Baeza, que llaman Salamanca andaluza, tiene un Instituto, un Seminario, una Escuela de Artes, varios colegios de segunda enseñanza, y apenas sabe leer un treinta por ciento de la población”. E insiste: “No hay más que una librería donde se venden tarjetas postales, devocionarios y periódicos clericales y pornográficos. Es la comarca más rica de Jaén y la ciudad está poblada de mendigos y de señoritos arruinados en la ruleta (…) Una población rural, encanallada por la Iglesia y completamente huera”.

De esos días es otra carta que remite a José Ortega y Gasset y donde dice: “Yo empiezo a trabajar con algún provecho. Desde hace poco empiezo a reponerme de mi honda crisis que me hubiera llevado al aniquilamiento espiritual. La muerte de mi mujer me dejó desgarrado y tan abatido que toda mi obra quedó truncada”. Y añade: “Como la poesía no puede ser profesión sin degenerar en juglaría, yo empleo las infinitas horas del día en esta población en labores varias”.

¿Cuándo dejó Baeza de ser una ciudad para ser un poblachón moruno como en otra carta de esas mismas fechas confiesa a Juan Ramón Jiménez? Baeza había sido hasta finales del XVIII una ciudad más importante que buena parte de las capitales de Castilla la Vieja. A su importancia universitaria sumaba una cátedra episcopal que compartía con Jaén, una abultada nómina de rentas agrarias, un listado de aristocráticos títulos que subrayaban su pasado nobiliario y un empuje funcionarial y administrativo que compartía con la vecina Úbeda. Machado tachó a Baeza de “pobre y señora” y a Úbeda de “reina y gitana”. Con aquellos versos hacía ganar a la segunda en importancia y desparpajo, mientras condenaba a la ciudad donde ahora residía a una opacidad que probablemente se había ganado a pulso por esa atávica propensión al conformismo, la desidia y la indolencia que tanta crítica y literatura ha arrastrado, muchas veces de manera injusta, a buena parte de Andalucía.


Machado llega a Baeza en unos años en que la ciudad ha querido arrinconar sus días de gloria. Es la ciudad aletargada, sumida en la somnolencia, en la resignación, anclada en los males que aquejan a España, ejemplo paradigmático, acusará el poeta, de los vicios que padece el país. Pero me cuesta trabajo pensar que había en la España de entonces ciudades con mayor empuje, determinación y osadía. Cuando el poeta dice que Soria es Atenas en comparación con Baeza cae en un injusto símil fruto de la tristeza que arrastra, de la pena que carga sobre sus hombros, de la mala suerte que ha tenido en su mudanza, él que habría preferido cualquier ciudad más próxima a Madrid, rompeolas de todas las Españas, que es la capital donde a lo largo de su vida se sentiría más vinculado.  

Durante los dos primeros años en la ciudad jiennense el poeta comprenderá hasta qué punto la soledad cobra sentido en su obra y su presente. Doña Ana Ruiz, su venerable madre, se decide a acompañarlo. Leopoldo Urquía, director del instituto, es un viejo conocido de la familia sevillana. Muchas tardes doña Ana disfruta de meriendas y remembranzas en compañía de sus dos hijas, Francisca y María del Reposo, una joven de la misma edad que Leonor, con quien incluso se le llega a achacar un secreto interés sentimental.

Hoy día el aula de don Antonio sigue luciendo el atrezzo de su lejana estancia. La mesa del profesor, un viejo mapa de España, una fotografía donde se lo ve sentado, en compañía del claustro de profesores, mirando todos ellos a la cámara. El poeta sostiene su bastón, viste traje y corbata oscura y en su cabeza platea una indisimulada alopecia. El aula de don Antonio queda al lado del paraninfo que guarda aún sus estrados de madera y sus terciopelos bordados. En los años de la Transición, cuando se hicieron comunes los homenajes a poetas como Machado y Lorca, por este claustro pasaron los grandes intelectuales de la época. Cuentan que el filósofo José Luis Aranguren venía a menudo al aula y pedía estar a solas en ella con la vaga promesa, quién sabe, de que cobraran sentido “Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales /estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales”.


Soledad y envejecimiento son dos palabras que cobran sentido en aquellos primeros tiempos en Baeza. Don Antonio, que desde joven se había inscrito en la introversión, se sentirá en la ciudad jiennense más solo, silencioso y alejado que nunca. Es aquí donde sus adjetivos más arrastrados, más lacónicos, aquellos que nombran con la fuerza de la precisión las cosas y los sentimientos complejos cobran mayor interés y viveza. Si su vida y su memoria poética están hechas la mayor parte de las veces de humildad, frío y necesidad no habrá ciudad a lo largo de su itinerario donde estas certezas cobren mayor sentido. El poeta jiennense Rafael Laínez Alcalá era un niño cuando recibió clases de don Antonio. Lo recuerda “llenos los ojos de lejanía, inmóvil”. Cuando evoca las clases que recibió del maestro su escritura quiebra en emoción: “Comenzaba la clase de francés. Leíamos algún texto en prosa. Recuerdo uno de Victor Hugo, que aquel día me tocó leer a mí. Nos corregía la pronunciación. Salía él a la pizarra para aclarar voces y especificar diptongos. Don Antonio leía correctamente el texto con lentitud; repetíamos alguno de nosotros. Había ternura en la clase, ninguno de nosotros armábamos el runrún o el jaleo que se armaba en otras, ni tampoco nos provocaba el miedo que nos producían otros profesores (…) Todavía conservo el papel con las correcciones mínimas que me hizo con su propia pluma...”.

Más o menos por aquella época Machado escribió: “Un hombre mal vestido, pobre y desdeñado, puede ser un sabio, un héroe, un santo; el birrete de un doctor puede cubrir el cráneo de un imbécil”. Aquellas palabras encierran, sin pretenderlo, otro retrato suyo.


El inquebrantable sentido de la obligación, el acusado deber por el trabajo, lo llevó a aceptar a partir de 1915 el cargo de vicedirector del instituto. Se conoce su compromiso laboral, su puntualidad y benevolencia con los alumnos. En su expediente se dice que solo cuatro veces faltó durante sus siete años de ejercicio docente a las reuniones de claustro. Participó, a pesar de su desafección por esta metodología, de todos los tribunales de exámenes, de todas las comisiones a las que fue convocado, de todos los trámites administrativos a los que estaba obligado por su cargo. Su formación en la Institución Libre de Enseñanza, su adhesión sin grieta alguna a los postulados del malagueño Giner de los Ríos y a su mano derecha Manuel Bartolomé Cossío lo llevó a pensar, como aquellos, que la tarea más urgente de España era llevar a las escuelas rurales a los mejores maestros. Machado fue uno de ellos, pero habría preferido, para qué negarlo, que ese anhelo hubiera caído en otras vocaciones más capaces y decididas.


Cuando llegaba la primavera, don Antonio no disimulaba frente a sus amigos de tertulia en la rebotica de don Adolfo Almazán las ganas de huir de Baeza y pasar el verano en compañía de los suyos en Madrid. Septiembre, por eso, traía no solo el amargo aliento de un otoño inevitable sino la agria certeza del regreso a la rutina en la ciudad jiennense. En aquella ciudad “entre andaluza y manchega”, al año de llegar escribe Poema de un día. Meditaciones rurales, que comienza así:


Heme aquí ya, profesor

de lenguas vivas (ayer

maestro de gay-saber,

aprendiz de ruiseñor)

en un pueblo húmedo y frío,

destartalado y sombrío…


En octubre de 1913, Ortega y Gasset lo anima a formar parte de la Liga de Educación Política Española. El Prospecto, que poco tiempo antes habían firmado personalidades como Manuel Azaña o Fernando de los Ríos, propugna el análisis y el esfuerzo por buscar soluciones reales a los males que atraviesa la España de entonces. Muy al sur de Madrid, desde su altozano de silencio y soledad, Machado se siente por primera vez útil, concernido, apelado por hombres importantes que cuentan con él y que despiertan a su vez un provecho, el compromiso de formar parte de una generación llamada a cambiar los resortes carcomidos de una España inválida y achacosa. No podrá estar un mes después en el homenaje que en Aranjuez se brinda a Azorín, el creador del concepto de Generación del 98. Juan Ramón leerá en aquel acto la carta que su amigo le ha mandado. Pero esa ausencia lo deprime aún más y apuntala el convencimiento de su lejanía frente a aquello que más anhela.


*


Don Antonio, que a los pocos meses de llegar a Baeza, inaugura el cuaderno rojo que titula Los complementarios, inaugura sin darse cuenta al principio un nuevo ciclo creador que acabará consagrándolo como uno de los grandes poetas españoles. “La imagen poética no debe estar al servicio de conceptos, de ideas, sino expresar y transmitir la emoción de lo hondamente sentido e intuido”, lo llamará él. En sus apuntes se muestra refractario al barroco que engrasa buena parte de la poesía contemporánea. Atrás ha quedado el simbolismo galo, el modernismo rubeniano por más que la memoria del amigo permanezca nítida y leal. A partir de aquí su poesía se hace escueta y directa, precisa y determinada, sobria y concentrada, expresiva, contenida, condensada, proclive a la dulzura verbal y a la adjetivación categórica y afilada. Es una poesía que busca la confesión, la conmoción de quien la lee en voz alta, el asombro frente a la intimidad y, a su vez, el encuentro de aquel que en su soledad se dice así mismo: “Yo también lo he sentido así”. Esa suerte de esencialidad, esa depuración máxima, esas pocas palabras que acaban por significar todo han dado la espalda a la circunstancia, la anécdota, la narración y sus adláteres.

Los más eximios exégetas a los que estos días he vuelto detallan en sus ensayos un escondido, casi arcano listado de palabras que en los años de Baeza el poeta caligrafía con insistencia: La tarde y la galería, el recuerdo y el camino, el hastío y la monotonía, el sueño y la noche, la luna y el sendero polvoriento, la tristeza y la tranquilidad, la serenidad perdida, la angustia rota, la muerte y la sombra, el pasado y ella. Machado abraza la poesía material, la poesía que tiene la facultad de la tactilidad y que llega a nuestra cabeza, a nuestro corazón con mayor facilidad y mansedumbre —otra vez el agua limpia— que cualquier otro estilo o colegio generacional contemporáneo a él. Machado y Juan Ramón, ambos andaluces, ambos lectores de Bécquer, conforman desde dos escuelas a partir de ese momento irreconciliables la columna desde donde elevar la poesía española moderna.


Y será en Baeza donde Machado andamie dos argumentos de los que jamás dimitirá. Su poesía emparenta con su compromiso cívico, con su ética por una España mejor, por una regeneración moral necesitada e improrrogable. Es la poesía activa, es la responsabilidad y el significado de la palabra, el fuego que anida en el verso y que es capaz de conferir vida y voluntad allí donde solo hay abatimiento y extenuación. El segundo argumento es el paisaje que abordaremos líneas abajo.


Antes de que el maestro abrace la prosa, hay versos que fecha en Baeza y que pautan su compromiso social como El mañana efímero. Escrito en 1913, el poema se adelanta casi veinte años a los males que aún están por llegar. Es un poema casi profético, que acierta al inicio y que, desgraciadamente, yerra en sus últimos versos. Es cierto cuando escribe: “La España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María, / de espíritu burlón y de alma quieta, / ha de tener su mármol y su día, / su infalible mañana y su poeta”. Pero no es verdad cuando acaba: “Más otra España nace, / la España del cincel y de la maza, / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza. / Una España implacable y redentora, / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea”. Habrá, para desgracia de todos, más hachas que ideas en ese mañana que se vislumbra desde el poblachón desde donde entonces escribe.


Mediado febrero de 1915 Machado recibe como otro desgarro el fallecimiento de don Francisco Giner de los Ríos. Lorca aún tardará un año en llegar a Baeza y veinte en escribir el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Pero siempre he creído que aquellos versos elegíacos que el poeta granadino escribió para su amigo eran intercambiables por personas que en realidad se merecían más sus máximas que las de un torero por mucho que pagara las cuentas y los desbarres de la Generación del 27. Con Giner de los Ríos nadie tendría duda de que tardaría mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura.

La noticia de su fallecimiento entristece aún más a don Antonio que abre sus Elogios con uno de sus poemas mayores.


… Hacedme

un duelo de labores y esperanzas.

Sed buenos y no más, sed lo que he sido

entre vosotros: alma.

vivid, la vida sigue,

los muertos mueren y las sombran pasan:

lleva quien deja y vive el que ha vivido.

¡Yunques, sonad: enmudeced, campanas!


Hay un mural en bronce en el paseo de don Antonio en Baeza que reproduce estos versos. Y uno quiere creer que ese gesto habría hecho feliz al poeta, porque anida allí el verídico homenaje a una de las personalidades más importantes que ha dado este país a lo largo del siglo XX. Giner de los Ríos, que soñaba un nuevo florecer de España, murió comparado con los más eminentes hombres y mujeres que ha dado nuestro país. Más de un siglo después de su fallecimiento su legado se agiganta. Cuando Machado escribe “¡Yunques, sonad: enmudeced, campanas!” expresa un doble convencimiento: De un lado su adhesión hacia el trabajo noble y bien hecho, el trabajo como la primera y última redención del hombre bueno. Cuando a renglón seguido pide que las campanas dejen de sonar expresa, más allá del correlato poético, su recelo hacia una iglesia castradora, aviesa, malintencionada, que condenará terminada la guerra del 36 las tesis del maestro rondeño por amenazadoras, seculares y progresistas. Ya lo intuye por aquellos años don Antonio: Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.


En Baeza el maestro se convence de la necesidad de obtener un título universitario. En 1900 había aprobado los exámenes de ingreso, pero no será hasta quince años después cuando decida matricularse como alumno libre en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid. Machado terminará la carrera antes de marchar a Segovia. Entre sus profesores destaca Ortega al que confía su doctorado que también obtiene con excelentes calificaciones. La carrera permite al poeta dos cosas: alcanzar el título que lo acercará a Madrid —su mayor anhelo durante toda su vida— y consagrar aquellos años a una disciplina que lo enardece y cuyo significado lo ayuda a profundizar en su obra poética.


El 8 de junio de 1916, terminado el cuarto curso que imparte en Baeza, Machado recibe la visita de un viejo camarada. El profesor salmantino Martín Domínguez Berrueta, al más puro estilo de la Institución Libre de Enseñanza, llega a Baeza en compañía de sus alumnos de Teoría de la Literatura y de las Artes, matriculados en la Universidad de Granada. Entre ellos destaca un joven de dieciocho años llamado Federico que ya entonces sobresale por su habilidad como pianista, un encanto abrasador y una cabeza llena de ensoñaciones y bulanicos. El encuentro entre ambos determina el acercamiento del joven a la poesía. En ese primer encuentro Federico interpreta piezas en el piano del casino y don Antonio recita versos suyos y de Rubén Darío. Un año después, en mayo de 1917, Martín Domínguez Berrueta regresa a Baeza y Federico es ya un joven con un puñado de versos dentro. Esa tarde don Antonio lee fragmentos de La tierra de Alvargonzález y Lorca interpreta al piano La danza de la vida breve de Manuel de Falla. Al año siguiente, en 1918, Federico recordará el encuentro con el maestro en Impresiones y paisajes, versos que dedica a María del Reposo, la hija de don Leopoldo Urquía, director del instituto baezano, y probable amor secreto de don Antonio aquellos años.

Machado sigue la carrera de Federico y celebra sus éxitos. La amistad se afianza, las dedicatorias se multiplican. Cuando el 18 de agosto del 36 conoce la noticia de su asesinato en el barranco de Víznar a manos de la escoria franquista Machado edifica otra elegía que, si bien es cierto no tiene la abisal profundidad de aquella que había escrito a Giner de los Ríos, sí posee el desgarro inédito de las palabras salpicadas por la sangre de un poeta.


…Que fue en Granada el crimen

sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.


1917 es un año fundamental en la obra de Machado. Publica en Calleja, al cuidado de Juan Ramón, Páginas escogidas, donde se desprende de todo modernismo que en el pasado ha impregnado sus versos. El maestro, a finales de abril, lo expresa de este modo en las últimas líneas de su prólogo: “Pero creo haber contribuido, y a la par de otros poetas de mi promoción, a la poda de ramas superfluas en el árbol de la lírica española, y haber trabajado con sincero amor para futuras y más robustas primaveras”. Meses después, la Residencia de Estudiantes publica sus Poesías completas, terminadas de imprimir el 11 de julio donde además del elegíaco ciclo de Leonor engrosa Proverbios y cantares con versos hasta entonces no incluidos en libro alguno, unos en especial reconocidos por todos:


Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.


Declinado el culto del yo, Machado vuelve al padre en este nuevo ciclo donde el interés folclórico cobra cuerpo en su poesía. Demófilo —la alta frente, la breve mosca y el bigote lacio— está detrás de esa enmienda a sumar la voz del pueblo a su voz. Es ya el poeta del silencio y la resignación, el poeta envejecido que también rebusca en el cajón de su memoria perdida los ecos de una infancia lejana y huidiza. Parábolas abre con un poema cuyos dos primeros versos son:

 

Era un niño que soñaba

un caballo de cartón.

 

Y esos dos versos evocan, de modo irremediable, la imagen, la figura que se repite en muchas poesías de la segunda mitad del siglo pasado, como por ejemplo en la Autobiografía de Luis Rosales que termina así:


así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el

baño,

sabiendo que jamás me he equivocado en nada,

sino en las cosas que yo más quería.


*


Decía unos párrafos arriba que el compromiso cívico y social había cimentado uno de los dos argumentos que el poeta asienta en Baeza. El segundo descubrimiento es el paisaje, aquello que lo rodea, lo que contempla e inscribe sin dudarlo en los versos que a partir de ahora se hacen táctiles, sensoriales y gustativos. El monte, el cerro, el olivo y la lechuza no son circunstancias ni narrativas paralelas. Con Machado el paisaje se hace verbo. Durante su estancia en la ciudad jiennense, además de los paseos por el camino que acabará llevando su nombre, el alcor frente al valle que modula la naturaleza más vivaz de la alta Andalucía, el poeta en compañía de amigos y alumnos viaja por los alrededores de la ciudad que habita. “Guadalquivir como un alfanje roto / y disperso, reluce y espejea”.

El paisaje venía en la maleta cerrada en Soria, pero es en Baeza donde cobra todo su significado por mucho que, una vez más, se sienta ajeno, casi desterrado en la ciudad donde ahora reside: “En estos campos de la tierra mía, / y extranjero en los campos de mi tierra”.

Allá por 1914 Machado se arma de valor para trepar el Aznaitín, el monte violáceo que cada tarde contempla desde su paseo:


Sol en los montes de Baza.

Mágina y su nube negra.

En el Aznaitín afila

su cuchillo la tormenta.


El paseo, la caminata, el andar y el reflexionar lento se incorpora a su obra cuando escribe:


Sobre el olivar,

se vio la lechuza

volar y volar.

Campo, campo, campo.

entre los olivos,

los cortijos blancos.

Y la encina negra,

a medio camino

de Úbeda a Baeza.

  

En la primavera de 1915 Machado viaja hasta Cazorla y dos años después trepa hasta Tíscar para llegar hasta las fuentes del Guadalquivir. Una vez más el paisaje como consuelo, otra vez el sonido mineral del agua, el asombro por el horizonte y los olores, el camino como la epifanía de la vida y el descubrimiento, el trabajo, el esfuerzo y su consiguiente recompensa; la vuelta, el regreso cuando ya la tarde cae y los colores subrayan la expresividad de la poesía: “En el cárdeno cielo violeta / alguna clara estrella fulguraba”.


*

En Baeza Antonio Machado obtuvo la serenidad que el poeta necesita para hallar por fin su voz. La ciudad silenciosa, alejada y sola fue mímesis del corazón que el maestro trajo de Soria. Es cierto que él, inscrito desde joven en la introversión, se sentirá en Baeza más solo que nunca, dando sentido a ese oculto designio que lo persiguió hasta su muerte en Collioure.

Ya en tierras de Jaén dejó dicho que tuvo patria allí donde corre el Duero. Baeza, en cambio, debió de conformarse con un verso menor. Sus ansias por escapar de aquí son irreprimibles a partir de 1917, cuando recibe los cálidos ecos que reportan Páginas escogidas y Poesía completa.

Pero Baeza le había dado la entereza con la que terminó su carrera de Filosofía y Letras, los paseos donde halló los adjetivos precisos con los que edificar su obra cívica y social, los verbos que conjugan con el paisaje que mejor que ningún otro autor de su generación incorporó a la lírica moderna. Aquí redescubre la esencia andaluza que incorpora a su obra; nuevas fórmulas, composiciones y metros, una concepción estética que busca la esencia de lo español y que obsesionará a la intelectualidad de su época.

Lo diré de otra manera. Don Antonio, que a pesar de su amarga biografía tuvo la fortuna de residir siempre en ciudades de acusada personalidad, fue menos generoso con Baeza de lo que Baeza lo fue con él.

A veces los santos escriben con renglones torcidos y no es del todo cierto que la hagiografía sea un camino de perfección sin mácula. El amor, como todos sabemos, es un asunto complicado e injusto cuando tratamos de baremarlo y medirlo. Sus deudas, de haberlas, rara vez se saldan. Nadie, en realidad, está obligado a querer aquello que no siente.

Aquel hombre bueno, aquel santo sin iglesia, aquel ciudadano recto y honrado marchó a Segovia y, por su cercanía, a este anhelado rompeolas de todas las Españas que es Madrid. Mientras la ciudad donde germinó el timbre de su brillantez hubo de conformarse con unos apuntes que decían: ¡Campo de Baeza, soñaré contigo cuando no te vea!

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Este texto fue leído el martes, día 7 de febrero, en la biblioteca Eugenio Trías de Madrid durante la IX edición del Aula Juan de Mairena, comisariada por el poeta y periodista Carlos Aganzo, titulada Machado en sus ciudades