Placer lector
Morente vuelve al Generalife
Patio de la Acequia del Generalife, una de las ilustraciones de Aixa Portero para la Tintablanca de la Alhambra.
Manuel Mateo Pérez | 26 feb 2023

Enrique Morente decía a menudo que su madre lo parió mirando a la Alhambra, y que desde ese momento un hilo invisible lo mantendría unido al monumento más conocido de su ciudad. De todos los discos que grabó en vida el maestro hay uno que sobresale por su originalidad y heterodoxia. Es un disco y la banda sonora de la película Morente sueña la Alhambra, dirigida por José Sánchez-Montes, y de sus diez temas hay uno que pasa por ser una de las más bellas composiciones de toda su carrera. Se titula Generalife y está inspirado en uno de los pocos poemas que la malagueña María Zambrano escribió en vida, al que el cantaor incorpora versos escritos por él. El poema El agua ensimismada inspiró la historia de amor que la esposa de Boabdil, último rey árabe de Granada, mantuvo con el jefe de los Abencerrajes en la soledad y la sombra del ciprés inclinado que se alza en uno de los patios del Generalife.

Morente sueña la Alhambra constituye un sublime ejercicio edificado por cuatro genios, tres de ellos ya muertos. María Zambrano y Luis Cernuda pusieron la letra; la voz y la música corrieron a cargo de Enrique Morente y del guitarrista de jazz Pat Metheny. A los pocos días de grabado el disco trascendieron las palabras del guitarrista norteamericano que dijo: “Nunca había oído nada tan bonito”. Esas palabras cobran un especial significado puestas en boca de uno de los mayores genios que ha dado la música en las  últimas décadas.

Generalife es una pieza compleja, llena de calles y vericuetos que conducen a lugares insospechados. Generalife es una obra erigida a la vez desde la fragilidad y la fortaleza, desde el misterio, el silencio y el sueño de quien observa en soledad la Alhambra desde las calles estrechas, blancas y sombreadas del Albayzín, advirtiendo o quizá anhelando las prohibiciones, secretos y entredichos de un lugar que jamás podrá ser descifrado. Enrique Morente humaniza la Alhambra, y más allá de los versos de María Zambrano convierte en caricia, en susurro y desgarro “ese fuego intocado” del lugar vedado. Cuando escribe y canta “ya cantan los gallos amor mío vete, ya cantan los gallos vete vida mía” Morente convierte el mármol en aire, el oro en llama y el cristal en lágrima. Y cuando nos dice “si tú me miras te quedas” nos echa a la cara que no hay mayor compromiso, mayor obligación y adeudo frente a uno mismo que los ojos de la mujer que ama, capaces de hacer añicos las promesas previas, las precauciones tangenciales, las distancias ficticias, los pensamientos forzados e impropios.

No es extraño que Pat Metheny hallara con Morente una de las melodías más bellas de cuantas ha compuesto. Generalife es una pieza poliédrica e impura, una pieza que hay que escuchar varias veces hasta hallar la salida. Al escucharla su música nos evoca el This is not America que compuso para David Bowie, o el Dream of the return que cantó Pedro Aznar. Metheny está en cada segundo, pero se hace evidente cuando en los dos últimos minutos desata su guitarra en un estallido, en una desgarra en la que uno lo imagina retorciéndose con los ojos cerrados mientras sus dedos vuelan entre la horizontalidad de las cuerdas y los ecos de los punteos.

Donde habite el olvido, el poema de Luis Cernuda, discurre por callejones más lentos y nocturnos. Enrique Morente no canta: recita y susurra, arrastra los verbos del poeta sevillano hasta que Pat Metheny los eleva mientras Estrella, la hija del cantaor, acicala los adjetivos, les lleva flores, los perfuma y los adormece con sus ojos abismales y su cabello negro.

Hay otros temas en Morente sueña la Alhambra. Hay uno en especial que lleva los versos del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, y otro más cuya música —más bella que la letra— la compuso Astor Piazzola. Pero Generalife y Donde habite el olvido, los dos temas donde Pat Metheny se hace tan presente, son las joyas de un trabajo que de algún modo recuerda aquellos otros versos que escribió el poeta Ibn Zamrak y que están esculpidos en una de las salas del patio de los Leones: “Jardín yo soy que la belleza adorna, sabrás mi ser si mi hermosura miras”. Ahora mejor habría sido escribir: “Sabrás mi ser si mi hermosura escuchas”.