Ahora tengo una decisión tomada: viajo a Buenos Aires en unas semanas junto a un libro que he llenado de notas escritas a mano, de reflexiones e ideas, promesas y deseos, algunos recortes de revistas y periódicos, horarios, direcciones, frases subrayadas.
Hay muchos modos de viajar, pero uno de los más bellos y provechosos es hacerlo con un libro entre nuestras manos. Literatura y viaje son palabras sinónimas porque el arte de la escritura es a la vez la capacidad que el hombre y la mujer han poseído a lo largo de la historia de prolongar su vida más allá del hogar de su memoria. La literatura y el viaje ensanchan nuestras ilusiones, nuestras perspectivas, nuestro mejor yo.
No conocía Buenos Aires hasta que cayó en mis manos, hace apenas unos días, el volumen que Tintablanca ha publicado de la capital argentina. Está escrito por el narrador catalán Jorge Carrión —del que había leído muchos de sus títulos— e ilustrado por Josefina Jolly, una artista porteña de la que me ha enamorado su frescura, su capacidad de síntesis, su habilidad en convertir en sencillos dibujos los grandes mitos que penden de aquella metrópoli inabarcable.
Tenía una idea fragmentaria de Buenos Aires. Vivía en ella la sombra de los grandes músicos de tango, el bestiario de los tótem de la literatura, la alargada huella de Borges, Cortázar o Victoria Ocampo, la rutilancia de Corrientes y sus librerías siempre abiertas, las tardes interminables en Palermo, el paseo lento por San Telmo o la elegancia silenciosa de los cafés de Recoleta. Esa urdimbre fragmentaria, esa esquina inaplazable que elaboramos de las ciudades que no conocemos, pero que ardemos en deseo de conocer cuanto antes, ha acompañado mi vida desde hace años. Buenos Aires. Libro de mitos ha trastocado esa pasión, ha mutilado ciertas ideas que tenía de ella y ha alimentado otros deseos que no sospechaba tener. La literatura, un libro, un título que no imaginabas que llegara a tus manos es capaz de transformar la idea que tenías de un lugar, hasta el extremo de multiplicar el deseo por viajar allí, antes incluso de pasar sus páginas.
Ahora tengo una decisión tomada: viajo a Buenos Aires en unas semanas junto a un libro que he llenado de notas escritas a mano, de reflexiones e ideas, promesas y deseos, algunos recortes de revistas y periódicos, horarios, direcciones, frases subrayadas.
¿Viaje literario? ¿Turismo literario? No me preocupa el nombre; elijan el que más les guste. La literatura tiene la facultad de amplificar los gozos de todo viaje. Y es que a través de la lectura de un libro viajamos antes de poner un pie fuera de nuestra casa —a eso llamamos víspera—; viajamos cuando vivimos en presente el lugar elegido y volvemos a viajar cuando a la vuelta rememoramos recuerdos y revisitamos las páginas de ese volumen que guio nuestros mejores pasos, nuestras mejoras caminatas, nuestros mejores momentos.
Buenos Aires era un destino literario íntimo, uno de esos lugares frente al que siempre imaginé mil experiencias: largas lecturas en los cafés que no cierran, el placer de los libros entre los anaqueles de las librerías, el descubrimiento de nuevos autores, la charla inagotable con ellos… El libro de Jorge Carrión y Josefina Jolly ensanchó esas perspectivas y sentí que la literatura es uno solo de los muchos atractivos que la capital argentina encierra. Esta Tintablanca, al igual que con el resto de volúmenes de esta editorial, es un repositorio de miradas, atenciones y deslumbramientos escritos en primera persona. En este libro he aprendido el valor del paseo lento, contemplativo y sin rumbo. Me he construido en sus páginas de cuaderno una ruta que prometo cumplir a rajatabla nada más llegar: los primeros días los dedicaré a no salirme del itinerario establecido y cuando sienta que domino la ciudad, que se me hace amiga y escalable, buscaré las calles que no salen en las guías turísticas al uso y que sí salpican, a poco que leamos con atención, este imaginario literario construido entre el escritor catalán y la artista porteña. Esta Tintablanca, además, me ha descubierto la pasión que anida en el tango. No dejo de escuchar a Piazzola, a Rubén Juárez, al «Polaco» Goyeneche… Muero por hincar el diente a un buen bife de chorizo, a una milanesa, a una pizza crujiente por los bordes y sabrosa en su centro.
Marcel Duchamp decía que Buenos Aires no existe. Y es una metáfora hermosa porque, en realidad, la ciudad se desdobla en tantas personalidades que es difícil hallar su centro de gravedad, sus rasgos más inconfundibles, aquello que la hace única y distinta a la vez del resto. Buenos Aires es Madrid y París y Londres y Palermo y Nueva York, y hasta un poco Ciudad de México y Lima y y Río y Montevideo.
Verán por qué: en esta Tintablanca participan otros autores, más allá de Jorge Carrión. La escritora porteña María Negroni, que hace unos días presentaba esta Tintablanca en Lata Peinada de Barcelona, asegura en su texto que Buenos Aires vive en la biblioteca blanca del poeta Alberto Guirri que halló vacía en un pequeño departamento que a finales de los años noventa del pasado siglo escrituró a su nombre, cerca de Bajo, a un salto de la avenida 25 de Mayo y del rectorado de la Universidad de Buenos Aires. Negroni asegura que esa biblioteca había estado esperándole toda la vida y que ahora, sobre su madera envejecida, descansarían los libros que muchos años antes habían enaltecido la imaginación y la sensibilidad del poeta Guirri, autor del poemario Playa sola, ascético y extremadamente culto. Así es Buenos Aires: una fortuita superposición de imprevistos, una inesperada sorpresa que por alguna razón imaginamos que nos aguarda como una predestinación, una suerte de muchas cosas, de muchos acentos, de lugares dispares y en apariencia irreconciliables, imposibles de juntar, como el agua y el aceite, y que, en cambio, aquí sí son posibles unir, fundir en una sola cosa, en un puñado de barrios frente a la desembocadura de un río que en realidad se nos antoja un mar, plano horizontal y grisáceo, de luz explícita y cenital, aplastadora y desasosegante.
He de dejarles: me espera un último repaso de mi Tintablanca y soy de esas personas que preparan la maleta con tiempo.